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ASÍ VIVÍ EL MUNDIAL DE SUDÁFRICACasi un aquelarre de sensaciones. Esa es la perfecta definición de lo que vivió este cronista en tierras sudafricanas. Era el susurro a las 8:10 clavadas de la gatita Pretty, toda blanquita pero con toques color mostaza y negritos. Ella siempre abrazada (como todos nosotros, jaja) al querido radiador cada noche. El frío era cruel, muchas veces asesino. Y ahí con la gatita nos guarecíamos. La bella Pretty es la gatita de Arturo Rabellini, el argentino que me alojó en Pretoria. ¿Cómo olvidar 221 Gousblom Street? Ahí en la primera casa a la izquierda, yendo tres cuadras derecho después del minishopping Spar, en la zona de Newlands. A 7 kilómetros del centro de Pretoria. Una casona grande con jardín. Un living comedor amplio como para sacarle jugo en spanglish a cada partido de la Copa del Mundo. Ahí Santiago Rabellini, el hermano mayor de Arturo, siempre daba la palabra justa. Cuando llegamos todos del Ellis Park tras el 1-0 a Nigeria, ya Santi me cantó la justa: "Con esta defensa vamos a tener muchos problemas, carajo". Y los alemanes se hicieron una fiesta en Ciudad del Cabo… Brillaba el restaurant Ocean Basket ahí en la avenida Burnett, en el corazón de Hatfield (siempre hablamos de Pretoria, claro). Manjares por demás. Los mejores mariscos. El Kinkly, un pescado que solo en Sudáfrica existe, era mi perdición. Venía en una cesta con un arroz amarillento acompañado de la notable cerveza Castle Light, suave y sabrosa. Esa sonrisa amable del dueño de Ocean Basket soltando ese "Hola Argentina, ¿Cómo está?". En ese africans (el inglés de los blancos en esos lares). Se cortaba Burnett cuando había partido en el Loftus. Era andar dos cuadras hasta Hilda Street y toparse con Yboune, el negro de rastas cuya simpatía por todo lo argentino le iluminaba el rostro. Yboune trabaja en la puerta de la Embajada Argentina. Y ni para bañarse se sacaba la camiseta de la Selección. Hasta me pidió que le enseñara algunas palabras en español. Con una rrr bien marcada y un español totalmente cavernario, le largaba a las chicas "¿Me enseñás a bailar tangou?". Saludaba con "¿coumou eshtash, cheee?". Un personaje entrañable. Hasta la gente de la Embajada se lo llevó a Polokwane para el partido con los griegos. Toda la gratitud para todos y cada uno de los que trabajan en la Embajada Argentina. Desde la gentileza infinita del Embajador Carlos Sersale, pasando por mi amigo Rolando Pocovi (no me va a alcanzar la vida para agradecerle), la secretaria chilena Jimena Becerra (¡¡pudiste ir a Chile-España, lo lograste¡¡), a Adrián Vernis (siempre atento a cada movimiento de la prensa. Nos pedían todas fotos en el Peter Mokaba de Polokwane, parecíamos Laport y Gonzalo Heredia, jajaja¡¡), a la impecable Marian (organizando todos los detalles para ir a los partidos y manejando los hilos en el Pabellón Argentino en el Convention Center de Sandton). No me quiero olvidar de Carlo, el uruguayo, que me dio una mano grande con todo lo de Cape Town. Sandton, ese ombligo del mundo. Durante 30 días el planeta desfiló por esa zona dorada de Johannesburgo. Luce magnífica la estatua del prócer Mandela. Los inalcanzables restaurantitos, donde las mujeres casi visten cual gala del Oscar. Los hombres andan por Mandela Square como modelos italianos esculpidos por Versace o Armani. Todo viene de la mano: ahí nomás se distingue el ostentoso Michelangelo Hotel. De ciento cincuenta millones de estrellas. Decorado con arañas fastuosas, dignas de la nobleza francesa. Toques de lujo, que los ojos no paran de asimilar lo que se ve y se vive en cada rincón. Ahí descansaba Don Julio y toda su trouppe. Ahí pergeñaba sus próximos pasos. Una tarde lo vi almorzando con Nicolás Leoz, el titular de la CONMEBOL. Y desde afuera, a través del vidrio, espiaban algunos barras de Boca. Clavándole fija la mirada Grondona. Aclaro que esto fue antes de México por octavos de final. ¿Los muchachos querrían que Don Julio les recomiende algún lugar para conocer en Johannesburgo? Supongo que será eso, no hay porque pensar mal, che. Ah, me olvidaba: este humilde servidor pudo ingresar en HSPC, el estudio donde transmitía la TV sudafricana el Mundial. Impresionante, luces multicolores, escenografías maravillosas y equipos de sonido de primer mundo. Ya van a ver las fotos. Son imágenes, flashes que se cruzan. Son caras, miradas, un entrevero de idiomas. Son postales mundialistas que vivirán en mí para siempre. Son postales sudafricanas, tatuajes inmortales que llevaré (si me lo permiten) con mucho orgullo en mi vida. SEBASTIÁN SRUR, Enviado Especial al Mundial de Futbol Sudáfrica 2010.
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